lunes, 11 de enero de 2010

el amor en los tiempos de guerra

la chica pensaba que lo iba a encontrar tarde o temprano, lo había leído en cuentos de esos de niños. ahora ya entrada en la juventud, seguía añorando al apuesto joven, idealizaba la belleza, puesto que ella misma era bella como las flores y en una tarde de sol, mientras refrescaba su lozana figura en la orilla del lago él apareció entre los árboles. no venía a caballo ni con un séquito de sirvientes, él era un valiente soldado que había escapado de los alemanes de puro milagro y en harapos y hambriento había llegado por casualidad al lago para calmar su sed. ella lo vió, él alucinó con un ángel salvador antes de desmayarse, cuando despertó estaba en una posada cómoda y caliente y una mano suave pasaba un pequeño pañuelo por su cara. ella no decía nada, solo lo miraba extasiada, él no comprendía nada en lo absoluto y al tratar de levantarse se vió sin fuerzas. ella con un gesto lo invitó a recostarse nuevamente, le dió unas cucharadas de sopa caliente y lo arropó como a un niño enfermo, él durmio por horas y así convaleciente pasaron los dias. en una de aquellas noches de fiebre, preguntó por su nombre, Lina dijo ella, casi como la luna.

-¿y tú quién eres?
- un combatiente que está de paso, dijo, ¿cuánto tiempo llevo aquí?

- una semana respondió ella bajando la mirada, presintiendo que su amado príncipe partiría pronto a la feroz guerra que se libraba del otro lado de las montañas.

él agradeció su gestos y sus cuidados. al día siguiente, se levantó temprano, no notó su presencia en la estancia así que se incorporó, se vistió su uniforme y salió a buscarla. ella estaba en el granero, era la hora del ordeño y hacia frio, a la luz de la mañana pudo notar su cabello negro azabache y sus bella figura, se asomó en silencio por la espalda, ella lucía concentrada en su quehacer, vestía una blusa holgada y una falda larga y abombada, ajustada a la cintura, lo que resaltaba sus caderas, él la miraba con otros ojos, no sabía bien qué pensar, había sido tan amable, tan cariñosa, tan cuidadosa con él, ¿cómo podría recompensarla?

en esos momentos ella se giró, se sorprendió de verle ahí detrás suyo, él la ayudó a ponerse en pie, en ese momento sus manos se tocaron y en un instante estaban abrazados, él sentía el perfume de lilas de su cabello, ella el humor de sudor y pólvora de su uniforme raído, su labios se tocaron casi sin pensarlo, ella no lo creía cierto, él no sabía bien lo que hacía, había pasado tanto tiempo que ya había olvidado lo que era besar a una chica, tomarla por la cintura, sentirla cerca.

el beso era cálido y tierno, sus lenguas jugueteaban coquetas, su abrazo se fundía en un largo suspiro y sus manos acariciaban partes antes ignoradas, la hierba seca del viejo granero aún olía a campo, estaba un poco húmeda y fría por el rocío de la mañana, pero eso no importaba, ambos tumbados en el pajar empezaron a amarse, primero con ternura, con suavidad, explorando sus cuerpos jovenes y bellos, robustos y agraciados. él acariciaba sus muslos color de leche, ella pasaba sus manos por la espalda torneada y bronceada, él degustó sus senos, bebío de las fuentes, retornó a su cuello, y besó sus oídos, con pequeños mordiscos. ella jugaba con su cabello, acariciaba su pecho, su vientre, se sentía atrapada por sus fuertes piernas.

entonces sucedió, era imposible de evitar, el milagro floreció y al fin ella veía su sueño hecho realidad, él la estaba amando, y nada parecía real, ¿era acaso un ángel? él entró y salió varias veces, podía percibir su propio placer y el de ella, transmutados en un solo ser de amor, era delicioso, era irreal, era bello, muy bello. cuando el éxtasis los dominaba, ella creyó escuchar estruendos de pompas y de fiesta, pero se equivocaba, en medio de su agitacion no comprendia que la vieja granja era presa de las bombas y que el enemigo se acercaba, era su fin, pero no lo sabía, debían huir, no estar amándose en ese preciso momento.

él parecia no escuchar nada de nada, estaba concentrado en su princesa, cuando quizo reaccionar ya era tarde, el techo del viejo granero se desplomaba sobre sus cabezas y un maremagnum de polvo tejas y troncos los asfixiaba y no había nada, absolutamente nada que hacer.

fin

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"las grandes verdades se dicen en los vestíbulos" E. M. C.

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