jueves, 30 de julio de 2009

La quiebra.

Hola, lector@s:

Desde las profundidades de mi ex p. c. del laboratorio, encuentro esta carpetita con todo lo que fui escribiendo en mis ratos libres, desde que entré a este grupo, hasta ahora que terminó mis estudios de maestría. Y ahí, de uno de mis mamotretos de prosas tecleados en Word emergió luego de 4 largos años, esta "short story" que dejé olvidada y que sólo ahora se convierte en una medicina más deste mi desquicio ("Cancer for the Cure", jajaja!)... Juzguen ustedes:

La quiebra



Ciertas inconformidades asoman por entre las generosas gesticulaciones que realiza allí sentado entre el humo de los cigarros y la taza de expreso recargada, sus amigos le escuchan atentos y no son capaces de desviar la mirada de su rostro descompuesto; afirma, luego niega. Sacude lel cigarrillo sobre aquel cenicero de cristal labrado repleto de colillas aplastadas, en una mueca frenética. En vano tratan de calmarlo con frases de aplomo y consideración, en vano entreven soluciones a los insalvables problemas, al desplome económico que se le avecina; es innegable para todos que se encuentra acabado por completo, muy poco queda por hacerse, muy poco que valga la pena salvar, acaso aquel pequeño piso, que serviría como llano refugio para los días de quiebra y desazón.


Uno a uno, cabeza gacha, salen desconsolados sus amigos. Él sabe que cuando abandone aquel café y se dirija a casa, no estará esperándole allí su mujer -como era la costumbre-, con la cena y el vino listo, ni habrá el beso tras la puerta, ni le recibirá el sombrero ni el abrigo, ni preguntará en un tono dulce y sincero “¿qué tal tus cosas?, ¿cómo te ha ido hoy en la oficina?, la cena está servida”. Ahora la casa se encuentra vacía, ni un sólo ruido se escucha en las solitarias habitaciones; él mejor que nadie sabe de aquella forzada soledad, así que pretende desviar su camino al salir del café, tomar un largo paseo que le sirva para pensar en alguna solución que le otorgue de nuevo la tranquilidad tan recientemente perdida y a la que se había acostumbrado tan resueltamente, a aquel calor de hogar que respiraba cada domingo cuando el patio se llenaba de gritos y de canciones infantiles.



Ahora él está condenadamente solo, sin un peso en el bolsillo, acosado por las deudas, envejecido prematuramente, ha comenzado a sentir decaimientos, se le nota en su rostro cada vez más pálido. Estoy acabado, se dice y se pregunta cómo salir de aquel atolladero, una solución digna que no conlleve humillación alguna ante prestamistas codiciosos ni familiares molestos a quienes nunca visita; y mientras cavila afanosa, concienzudamente, fumando un cigarrillo inacabable, sus pasos lo llevan hacia el parque, se interna por los senderos cabizbajo, ensimismado, buscando nombres, ideando planes irrisorios porque sabe que indefectiblemente está arruinado, poco a poco la desesperación le envuelve como la densa bruma que se forma sobre el tranquilo lago, el frío comienza a arreciar como una brisa ligera que llega por oleadas y mece los altos y delgados sauces de las orillas.



Cuando se halla sumido en el abismo de sus miserias, completamente desconsolado cae en cuenta que camina sobre el puente que se encuentra sobre el costado sur del parque, hacia la amplia avenida que circunda la ciudad, introduce su mano en el bolsillo, tiene ganas de fumar otro cigarrillo –nada mejor para esta desazón, se dice– y entonces siente el frío del metal en su mano izquierda, palpa el bulto siniestro y lo extrae lentamente de su abrigo mientras comienza a avizorar la solución que ha buscado tan ansiosamente. Se detiene a mitad del trayecto, el parque se encuentra completamente desolado, la noche es tan obscura como la fosa en que se halla. Entonces se asoma a la orilla del delgado puente, lo último que percibe es el frenético vuelo de las asustadas aves que dormían tranquilas en las ramas, antes de hundirse definitivamente, sin dejar ningún rastro, con un pequeño orificio a la altura de la sien.


4 comentarios:

mpinot dijo...

que bueno vos, gracias

Nicolas Nautfal dijo...

Ole Leíto, arrollás con ese estilacho. ¿De dónde sacás tanto tiempo para hacer tantas cosas?
Puro gigante....

Mirá, que vacaneza la zurdería de los VasosRotos....chirriadísimo

Abraxitóteles!

Leo Le Gris dijo...

eh ave maría! gracias por los comentarios...como dije, llegó el tiempo de poner en orden el pc del laboratorio, tonces apareció la quiebra dentre los papeles digitales abandonados hace algun tiempo!

acordaos que nicolas tiene 4 brazos como Shiva... o son 6?

Leo Le Gris dijo...

de nada M pinot!

La Consigna

La Consigna

"las grandes verdades se dicen en los vestíbulos" E. M. C.

Desquisiada Poesía del Mundo

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  • Las Hojas de Hypnos - René Char
  • Las Uvas de la Ira - René Char
  • La Balada de la Cárcel de Reading - Oscar Wilde
  • Howl - Allen Ginsberg
  • El Barco Ebrio - Arthur Rimbaud
  • El Cementerio Marino - Paul Válery
  • El Pesa-Nervios - Antonin Artaud
  • El Testamento - Francois Villón
  • Ex Manifesto Rex - J. S. Solís C. y Luis F. Ruiz
  • La Extracción de la Piedra de la Locura - Alejandra Pizarnik
  • Las Flores del Mal - Carolus Baldelarius
  • Las Iluminaciones - Arthur Rimbaud
  • Las Úlceras de Adán - Héctor Rojas Herazo
  • Los Poetas Malditos - Paul Verlaine
  • Peleando a la Contra - Henry Chinaski
  • Poesias - Isidore Ducasse - Conde de Lautreamont
  • Poesía Impura - Iván Tubau
  • Una temporada en el Infierno - Arthur Rimbaud